«Papacisco»

Hoy quiero que el albatros levante el vuelo. Que ya que estamos en un nuevo año, es buena cosa que iniciemos el vuelo con las cosas que suceden en la Iglesia –o, por lo menos, algunas de las que trascienden a los medios–.

De lo que hoy me gustaría hablar es de la denigración constante de la figura del Papa, de este Papa en concreto. Algunos le atribuyen todos los males. Otros, yo no sé si pagados o gratis total, se afanan en presentarlo en las redes sociales como el Anticristo. Ni unos ni otros me gustan lo más mínimo. Todos ellos tienen algo en común: no les gusta el Papa, pero hablan como si ellos tuvieran algún poder para decidir quién ha de ser el sucesor de Pedro o para determinar cuál es la ortodoxia católica a la que el Papa debe ajustarse –la que les gusta ­a ellos–.

Oponen como contrafigura del Papa actual a su antecesor Benedicto XVI, que por lo visto era más Papa porque llevaba sobrepelliz y zapatos rojos, a diferencia del Papa actual, más pobretón. Bueno, y porque es gran teólogo y Herr Doktor, que eso a algunos y a algunas les hace mojarse los calzones o bragas, en su caso. Sin embargo, fijémonos en un detalle: Benedicto XVI, el «gran Papa» para algunos, es el Papa que con toda su ciencia decidió dimitir de su cargo en 2014. No tanto por que «estuviera mayor», que también; sino porque al enterarse de los marrones de la Iglesia pudo haber dicho, como Pi i Margall, «estoy hasta los cojones de todos nosotros». Benedicto XVI, el Papa teólogo, prefirió quedarse en su casa tocando a Schumann –música celestial, sin duda– y hacerse la foto el día de su cumpleaños en Marktl, Alemania, con un bock lleno a rebosar de Weissbier.

El Papa actual, en cambio, con sus zapatos gastados y sus vehículos baratos, es un Papa más de batalla. En vez de hablar del sexo de los ángeles, que es una trampa común para muchos teólogos de postín y no tan de postín, prefiere coger el toro por los cuernos. Ha conocido mucho más de cerca la miseria, tanto la física de tantas personas como la espiritual de tantos cargos eclesiásticos lamiendo las botas al poder temporal o permitiendo que sus vicios tomaran sus decisiones por ellos. Por eso prefiere hablar del sexo de algunos curas, y del de los obispos, arzobispos y algún que otro ¿cardenal? que los han tapado, así como de otros chiringuitos fundados igualmente en la lujuria y la avaricia, denunciados por algunos periodistas que se han atrevido a ir más allá del tabú. Los interesados, como es natural, han montado en cólera y deslizan acusaciones falsas a través de sus terminales mediáticos, lo cual a su vez llena de alegría a los enemigos de la Iglesia. Pretenden dejar solo al Papa, para que éste al final haga como el anterior y renuncie ante la magnitud del marrón que se le viene encima.

Quisiera pensar que el Papa Francisco, a pesar de su querencia franciscana, conserva intacto el espíritu ignaciano, que hizo que la Compañía de Jesús se configurara en su origen como punta de lanza de la Iglesia frente al cisma luterano y que no va a dudar en presentar batalla ante esos marrones hasta su último suspiro.

No he dedicado mucho tiempo a pensar en ello, pero sí sé una cosa: son tiempos difíciles para la Iglesia y para los cristianos de a pie, como un servidor. Si habrá o no habrá cisma, que es una palabra que tal vez empiece a aparecer de aquí a un tiempo, eso sólo lo saben tres: Dios, el Papa y el jefe –encubierto, desde luego– de quien tal cosa pretenda. Por de pronto, como siempre he defendido, es nuestro Papa y hay que respetarle. Como lo fue Benedicto XVI y le respetamos, por más que no entendiéramos sus disquisiciones metafísicas. A propósito, un servidor recomendaría a algunos la lectura de alguno de los textos de Francisco, como la exhortación apostólica Amoris laetitia o Dios es joven. Representan una teología más pegada a la realidad y que los cristianos de a pie, que se enfrentan todos los días al laicismo, la increencia y la agresión verbal continua de los ignorantes y los malvados, necesitan como el respirar.

Flaco favor hacen al Papa, a la Iglesia y a la religión católica los que le llaman «Papacisco» y quienes les corean riéndoles la gracia. De lo de España y de las Memorias de un cortesano de 1815 (que podría ser cualquier año de éstos de la mococracia) ya hablamos en otro lugar.

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