Desempleo

Recupero una entrada de un blog que tuve y que data de 2007. Han pasado nada menos que once años, pero creo que no ha perdido su actualidad. Es muy indicativa de lo que pasan muchas personas en todo el mundo: en España, en Alemania… En cualquier caso, sólo queda la fe en Dios. Y después de eso, la ventana abierta y la nada.

Estoy buscando trabajo, como tantas otras personas. Un trabajo “decente”, claro, de los de 9 a 5 o no importa qué horario, pero que se cobre fijo a fin de mes. El desempleo no es una enfermedad, como el cáncer; pero también puede matarte. Y es peor, porque “no se ve”, no deja marcas físicas. Tienes que poner buena cara cuando la gente del barrio que conoce a tu familia te mira de través. O también, cuando a tu familia le preguntan:

—¿Qué, qué tal tu chico?

—Pues mira, está buscando trabajo.

—Ah, sí, claro… pobrecillo… es que está muy difícil la cosa (aquí es donde ponen cara de merluza hervida y suspiran hipócritamente)

… y parece como que “comprenden” el problema, pero en realidad están diciendo “pobre perdedor de mierda, nunca vas a hacer nada en la vida” y deciden que eres un caso perdido. Al mismo tiempo, están rezando para que no les pidas una ayuda que no te van a dar («¿No podrías hacer algo por mi hijo? Podrías pasar un currículum y a ver qué sale…»), porque “ellos no tienen contactos”, “no son nadie”, etc. Claaaaaro: van a hacer por ti lo que no han hecho por sus propios hijos. Para ellos eres como Garufa, el personaje que canta Carlos Gardel

Garufa,
pucha que sos divertido;
Garufa,
vos sos un caso perdido…

Tu autoestima se va por el retrete cada vez que pides trabajo y te contestan casi con las mismas palabras de Alejandro Sanz y Shakira: “Te lo agradezco, pero no“. A veces son menos imaginativos: “Por ahora estamos completos, pero si hay alguna vacante, te llamaremos”. Es duro volver a casa y tener que decir: “Hoy no ha habido suerte”. No sabes a quién hacer caso: a tus padres que te presionan “porque algo tienes que hacer” o a los anuncios de los diarios, por aquello de que sí se ofrecen puestos buenos; pero resulta que necesitan gente “joven, de buena presencia, con 5 años de experiencia previa en el sector, máster de esto, de lo otro y de lo de más allá, coche propio y ganas de trabajar”. A veces incluso especifican: “de sexo femenino”. O sea: si eres hombre, de mediana edad, con algunos kilos de más, sin experiencia en el sector ni coche propio, aunque tengas ganas de trabajar, lo tienes crudo con la empresa X (y con la empresa XX, la empresa Y… todas cortadas por ese mismo patrón).

Y el mundo se va haciendo cada vez más pequeño. Tú también te vas haciendo cada vez más pequeño y más invisible. Detestas molestar. La gente te ve más o menos como siempre y te dicen: «¡Qué bien vives, ¿eh?! En casa, con tus padres… jo, macho, menuda vida». Ya te acostumbras a no contestar, porque encima parece que te quejas de vicio. Las pequeñas envidias, las luchas de poder que ves por ahí te aburren y te cansan: «¡Aquí mando yo y hago lo que me sale de las narices (o partes nobles, en su caso)! ¡Y el que no esté contento, puerta!». Oyes a los demás estar encantados/cabreados con su jefe/compañeros de trabajo. O que te hablan de cómo los niños les ponen la cabeza como un timbal. O es la parienta, o el pariente que ha hecho una pifia y en vez de cortarla/le en trocitos como Jack el Destripador se desahoga contigo. Les escuchas con interés y educación, porque para eso fuiste a colegio de pago; pero te dices que eso es otro mundo y que tú no vives allí. Como Sabina, a veces…

Vivo en el número siete, calle Melancolía
Quiero mudarme hace años al barrio de la alegría.
Pero siempre que lo intento ha salido ya el tranvía…

Al cabo del tiempo tu vida es un monólogo. Te acabas formulando las preguntas más raras; sobre todo ésta: “¿qué hago yo aquí?”. Llegados a este punto, algo indudablemente no va muy bien, pero no sabes qué es. Te perdiste en alguna parte del camino y no sabes volver. No sabes siquiera si se puede volver. Y sientes, como Sabina, que llegas tarde. No te rindes, no quieres oír la palabra “fracaso” aún; pero… Los amigos te consuelan: “Tranquilo, que donde hay vida hay esperanza”. Y se quedan tan anchos. También podría repetirme como un mantra “mañana-será-mejor, mañana-será-mejor, mañana-será-mejor”; pero es condenadamente tarde y el sueño no acaba de llegar…

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