Palabras bonitas

No es ningún secreto que estamos en crisis. Todo parece derrumbarse a nuestro alrededor. Los noticiarios están llenos de catástrofes, de malas noticias. La gente trina en redes sociales —podría hacer mucho más fuera de ellas— y despotrica contra los políticos, «el Gobierno» (ése es un clásico) y no se da cuenta de nada más. Y luego, más fúrbo y otra de gambas.

Lo curioso es que se acepte como «crisis» sólo la económica y que, cuando está arreglada esa área, todo lo demás va bien. También puede ser un tópico que «el dinero no da la felicidad»; pero ése es un tópico bien cierto. El estrés que acarrea tenerlo, guardarlo y protegerlo del Gobierno —otra vez—, de los familiares (asco de buitres) y de pedigüeños bien vestidos (asco de empleados de Banca) es inconcebible.

Quiero centrarme ahora en un punto especialmente doloroso. Aunque los voceros políticos y económicos dicen que «estamos superando la crisis», aún hay muchas personas que, por diversas razones, no han salido de ella o, debido a su edad, han entrado. Personas que llevaban trabajando veinte años en una empresa hasta que ha quebrado. Se sienten desamparados: la empresa se ocupaba de ellos y ahora ya no hay nada. El circuito de la beneficencia es temporal —o eso dicen—; pero después de eso sólo queda lo que nuestros antepasados medievales llamaban el cacodaimon: el caos, la nada, la total oscuridad. La particular caída del Muro, que no ocurrió sólo en 1989, sino hoy en día porque la dirección empresarial ya no es lo que era. Ya no existen empresas «imagen de país». Las directivas más nuevas se patean el capital dinerario y, sobre todo, el humano sin pestañear, para acabar malvendiendo la otrora gran empresa a los buitres, con el beneplácito de los políticos de turno.

Y empieza la peregrinación, que no tiene nada de religioso aunque de hecho se necesite mucha fe en el género humano para seguir con ella después de un tiempo. Quien no la conoce no sabe lo que es. Uno se humilla lo indecible y se arma de valor para pedir a personas un favor que no pediría en circunstancias normales, incluso a gente que no conoce de nada. A veces, ni siquiera se trata de que la persona a la que pedimos haga el favor, sino que pase nuestra información a quien pueda interesar.

Sin embargo, la crisis ha cundido tan enormemente en lo espiritual que ha afectado incluso a los católicos; y, dentro de éstos, a algunos que se creen muy católicos. Malo si pides el favor a un gran hombre, entendiendo por tal a un Herr Doktor teólogo. Uno piensa: «Escribe tantos y tan bonitos libros sobre Dios que habrá de ser muy santo». Y uno se dirige a él con la fe del carbonerito. Le escribe un correo en el que pone toda el alma. Ya supone que el gran hombre está muy ocupado y no quiere molestar. Y el gran hombre responde, sí. Resulta que está tan ocupado —será «meditando las bondades divinas», que para él se traducen en buenos resultados en Bolsa— que manda un correo a través de un mero subordinado en que, además de darle a uno una palmadita en la espalda, dice que no puede hacer lo que uno le pide (o directamente no lo menciona). Y aconseja: «Hombre, deberías buscar en tal o cual zona», pero sin mojarse personalmente. Lo de «rezaré para que tengas éxito» es opcional. Palabras bonitas und sonst gar nichts, en suma. Tú lees el correo y piensas: «Carbonazo. Te vas a meter tus libros por…».

Luego están los que te podrían hacer el favor, pero quieren algo a cambio. Da igual si es el diezmo o tu alma por la secta, pero está clarísimo que les vas a deber el favor toda la vida. Recuerda un poco a los psicólogos tronados de las películas de Woody Allen: después de quince años de terapia, quieren que sigas viniendo a su consulta porque «aún hay aspectos de su problema que no hemos tratado». Y te apartas asqueado de ellos o, si te hueles la tostada, ni entras en tratos.

Y finalmente están los que te podrían hacer el favor y no te piden nada especial a cambio: sólo «que les lamas las botas», que les reconozcas «lo grandes que son» y que aguantes sus burlas porque «eres un infeliz» y los necesitas. Son los mismos que cuando la tortilla da la vuelta se lamentan de su suerte. Pero que nadie les pida empatía: no la dan a los demás y ni aun estando en la mierda la quieren para ellos, pues la identifican correctamente con la «compasión humillante» que ellos usaban cuando estaban en la cresta de la ola.

Al fin, todo es humo. Cada uno está donde está y la ruptura del tejido social (hoy es más bien el te-jodo social) ha provocado que muchos nos hayamos convertido en islas, justamente lo contrario de lo que decía John Donne en un celebérrimo poema, citado especialmente por aquellos que gastan —es un decir— una solidaridad de cuarta: es decir, que ellos son solidarios, pero que pagamos todos. Ser cristiano, para algunos, es hoy eso.

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